Cómo Evolucionamos

(La cultura no es un escape condicionado)

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Cuando nuestra generación previa de científicos de la vida crecía a través de la academia, había la presunción general de que la evolución humana se había detenido. Había moldeado a nuestros ancestros pre-humanos -autropitecus, parantropus y el resto de los monos hombres y los hombres monos de nuestro linaje- pero una vez que el homo sapiens desarolló la agricultura y el lenguaje -se pensó- dejamos de cambiar.
Fue como si la evolución, habiendo logrado su propósito al séptimo día, descansó. "Ese fue el estereotipo que aprendí", dice el geneticista poblacional y antropólogo Henry Harpending. "Aparecimos hace 45,000 años y no hemos cambiado desde entonces."

La idea tiene un áspero y listo tipo de sentido. La selección natural deriva su poder para transformar de la sobrevivencia de algunos y el fallecimiento de otros, y del éxito reproductivo referencial. Pero a nuestros enfermos le devolvemos la salud, y aparejarse ya no es un privilegio que los hombres se pelean por asegurar. Como resultado, hasta el menos apto pasa la continuidad de sus genes. La promiscuidad y la competencia de espermas han dado paso al amor espiritual; los más aptos y los menos aptos son tratados como iguales, e también florecen. Con el advenimiento de la cultura y nuestras finas sensibilidades -se presuponía- la selección natural se fue por la borda.

Más aún, la evolución nunca ha sido observada en los humanos, excepto en pocos raros casos, así es que la conclusión fue que no estaba sucediendo. Uno no se puede equivocar con la lógica. El caso más famoso de cambio adaptativo en los humanos, ese rasgo de célula-hoz como respuesta evolucionaria a la malaria, parecía probar el punto de que la evolución humana debe ser rara: hasta en un ambiente azotado por la malaria como África Occidental, la única respuesta que ha podido tener la evolución es una imperfecta defensa que puede causar serios problemas de salud junto a su solitario beneficio. Las presiones de selección tan fuertes como las producidas por la malaria endémica no son comunes, y se pensó que la civilización debería lavar las menos poderosas.

Pero desde el cambio de milenio, la genómica ha estado en revolución. Desde que se completaron estudios tales como el Proyecto de Genoma Humano y la publicación del HapMap, los científicos han tenido finalmente acceso a las partículas de la evolución. Pueden inspeccionar vastas magnitudes del ADN de la gente de todas las etnias, y la colosal cantidad de información súbitamente disponible ha generado una revisión del viejo retrato estático que será irreconocible. Harpening y otros investigadores han descubierto evidencia en nuestro ADN que nuestra cultura, lejos de haber detenido la evolución, parece estar acelerándola.

Yendo al caso
John Hawkes como un "tipo de fósiles", estudió bajo Milford Wolpott, un paleoantropólogo que es el principal proponente de la teoría multiregional levemenmte herética de la evolución humana. Viniendo de la genética con tal trasfondo quizás le ha dado a Hawkes el estómago para esgrimir hipótesis que no están de moda. En diciembre de 2007, él, Harpening y otros publicaron un trabajo cuyo planteamiento central es que la evolución en los humanos es observable y está acelerándose, cosa que no hubiera tenido sentido para muchos geneticistas hace 20 años. Hasta el 10 por ciento del genoma humano parece estar evolucionando a una velocidad máxima, más rápidamente que nunca antes en la historia humana.

"Siete por ciento es un mínimo", dice Hawkes. "Es un número asombroso", y uno que es difícil de cuadrar con la visión prevaleciente del poder de selección natural. Debido a que la mayoría de las mutaciones tienen un efecto neutral en sus portadores, haciéndolas ni más aptas ni menos aptas, ni más fértiles ni más estériles, sólo levemente diferentes, esos cambios son invisibles para la selección natural. Se desplazan o no se desplazan a través de una población por casualidad, en un proceso llamado "genetic drift" (flujo genético).

Al mirar la data en HapMap, un masivo estudio de las diferencias genéticas  entre poblaciones seleccionadas de alrededor del mundo, Hawkes identificó variantes de genes, o alleles, que estaban presentes en el ADN de mucha gente, pero no en toda. Estos alleles parecían estar moviéndose, en el tiempo, a través de poblaciones, en una forma que igualaba las predicciones matemáticas de cómo debería verse la selección natural en el nivel genómico. Y aunque Hawkes no sabe por qué la posesión de unos nuevos alleles deberían ser ventajosos, no necesita saberlo. La firma que la selección natural inscribe en el genoma es legible aún cuando no está claro lo que el mensaje importa.

HapMap puede revelar adónde ha ocurrido la selección natural gracias a la tendencia de los "vecindarios" de ADN a ser heredados en bloques que no cambian mucho, si es que lo hacen del todo, de padre a hijo. Cuando un organismo se reproduce, el ADN adyacente permanece junto y se pasa como una unidad al hijo. Tales secciones de ADN anexado son llamadas "haplotypes" (haplotipos); HapMap es un directorio de ellos. Un haplotipo dado es casi idéntico entre los miembros de familia, pero las poblaciones que tienen contacto reciente con cada cual, como los franceses y los españoles, o los Cherokee y los Inuit, también tienden a compartirlo.

Una de las características de este nexo ("linkage") es que es fuerte en cortas distancias en un cromosoma y débil en largas distancias. Esto es porque las mutaciones son raras pero igualmente posibles en cada locación, de tal manera que suceden menos a menudo en una pequeña región de ADN que en una larga región. A través de muchas generaciones, las mutaciones mordisquean por los bordes del haplotipo y abren huecos en sus interiores, y la rutina de recompensación de los nucleotidos, llamada recombinación, puede mover secciones anexadas de ADN lejos una de otra, así rompiendo el nexo. De tal manera, el largo del haplotipo puede indicar su edad, como lo hace la cantidad de variación dentro de ello. Debido a que mutaciones y recombinación ocurren en proporciones predecibles, comparando haplotipos de dos poblaciones, se puede determinar su grado de relatividad y así estimar hace cuánto tiempo divergieron. Así, por ejemplo, el San sudafricano y el Han chino tenderían no a compartir haplotipos porque sus poblaciones divergieron hace mucho tiempo, y aquellos que sí compartieron serían cortos y contendrían una gran cantidad de variación.

Porque los haplotipos son similares de población a población, las diferencias son fáciles de detectar; una variación en un trasfondo de un haplotipo familiar es como una mancha de pintura roja sobre un papel blanco. Si uno ve un haplotipo en 100 individuos, y 90 de ellos son idénticos pero 10 muestran la exacta misma variación, las posibilidades evanescentemente pequeñas son que los procesos aleatorios generan la misma variación 10 veces. Tal visión es candidata para una selección natural en marcha, porque sólo una mutación que confiere algún tipo de ventaja será propagada confiablemente a través de la población.

Si el rasgo bajo selección produce una significativa ventaja adaptativa, el allele responsable por el rasgo se elevaría en frecuencia tan rápidamente que arrastrará un haplotipo largo con él antes de que recombinación y mutación puedan romperlo en un corto haplotipo. Así es que un haplotipo largo es indicación de una selección fuerte y reciente.

El análisis de Hawkes de la data HapMap generó muchas vistas de candidatos tales, pero algunos de sus colegas no se impresionaron. "No les gustó la idea", dice. Un crítico anónimo no creyó que la selección natural podría ser importante en la evolución reciente, porque "la selección positiva sucede raramente, si alguna vez."

Huellas de las mutaciones
Un ejemplo de evolución citado a menudo es la diseminación de la mutación que permite a los humanos adultos digerir leche. Parece haber surgido hace 8,000 años y desde entonces se ha diseminado por todo el mundo, aunque aún hay muchos de nosotros sin ella: uno de cada 50 suecos y 9 de cada 10 asiático-americanos carecen de la mutación. Los intolerantes a la lactosa, al menos respecto a esto, son como eran los primeros homo sapiens.

"Hay cinco versiones sobre el gen de toma de lactosa, así es que cinco poblaciones diferentes tienen mutaciones que los deja beber leche", dice Hawkes. Debido a esto, muchas mutaciones que confieren el mismo beneficio hace poco posible que se hicieran posible por flujo genético, pero Hawkes sabe que los geneticistas practicantes consideran inconcebible la idea de selección natural como el agente de su propagación. Y es tan incrédulo con lo que ve como el ocultamiento del núcleo principal del campo de tales científicos. "Este es un campo de Darwin", dice. "Darwin habla de evolución, y el darwinismo es sobre selección natural. Pero esta gente no cree en selección natural, excepto allá atrás, cuando los chimpancés y los humanos eran lo mismo."

Por la propia descripción de Hawkes, su investigación "depende de una visión de la evolución que está dominada por la selección natural. Cuando veo los procesos evolucionarios que llevaron a los humanos estoy pensando: ¿Cuáles son los constreñimientos sobre nuestra adaptación?" Uno de esos, dice, "es demografía."

Al invocar a la antigua demografía vía el registro antropológico, Hawks cree que ha identificado a lo que ha impulsado toda la evolución adaptativa que detectó: una explosión en la evolución humana global coincidente con la revolución agrícola de hace 10,000 años. Inventamos la agricultura, comenzamos a comer comida diferente y empezamos a habitar las ciudades. Nuestros números se multiplicaron, nuestro mundo cambió y nuestro ADN aún está poniéndose al día.

Spencer Wells, director del Genographic Project, un intento por reconstruír los patrones de la migración humana por mostreos de ADN de las poblaciones mundiales, ha estudiado la transición de la humanidad hasta la agricultura extensiva. El resultado de Hawkes no fue sorpresa para él. "El cambio más grande de nuestro estilo de vida como especie ha sucedido en los últimos 10,000 años", dice Wells. "Pasamos la mayor parte del último millón de años o por ahí de nuestra evolución viviendo como cazadores recolectores, cazando en las sabanas de África, o recolectando moluscos en la costa, gradualmente moviéndonos hacia Eurasia. Entonces, súbitamente, en los últimos 10,000 años, nos volvemos una especie que se asienta. La diversidad de fuentes de comida cae precipitadamente de sobre 100 en la dieta del cazador-recolector a menos de 10 en la dieta normal agrícola. Y entonces, por supuesto, se construyen las densidades poblacionales y arrancan las enfermedades."

Tales cambios en ambiente, dieta y enfermedad son agentes clásicos de la selección natural. Las tres cosas concertadas pueden seguramente acelerar la evolución. Pero podría parecer extraño que se le requiera a una población mayor producir una más rápida proporción de evolución, especialmente si se es americano.

La primera mitad del siglo 20 presenció una tensión entre dos interpretaciones de la teoría evolucionaria. Sewal Wright, un americano que argumentó que para que ocurra una rápida evolución lo que se requería era una pequeña población semi-aislada a través de la cual podía diseminarse una mutación rápidamente, hasta generar un flujo genético." De ahí en adelante, esa población podría migrar y diseminar el allele en otras poblaciones. R. A. Fischer, un británico, argumentó que, de hecho, se requería una población grande, porque sólo una población grande podía producir grandes números de mutaciones. Debido a que la mayoría de las mutaciones son neutrales, razonó, se requiere un gran número de mutaciones para producir un allele benéfico. Lo biólogos americanos fueron más influenciados por Wright, pero en las obras de Fischer es donde Hawkes y Harpening encontraron su apoyo.

Fischer desarrolló un método matemático sobre cuán benéficas tenían que ser las mutaciones a través de una población hacia la fijación, el punto en que todos los miembros de una especie tienen el allele. La forma de la curva se caracteriza por una lenta dispersión al principio, porque la mutación existe inicialmente en sólo un miembro de la especie. Se demora mucho tiempo para que un nuevo allele alcance una apreciable frecuencia en una población, pero en cierto punto la rata de crecimiento rara vez se vuelve mucho más precipitada, muchos portadores tienen muchos hijos, y el gen se disemina ampliamente. Pero al final de la última jornada del empuje hacia la fijación, el porcentaje se reduce y comienza a semejarse a una curva aproximándose a un asíntota.

Cuando los antropólogos analizaron antiguos escondites de antiguos esqueletos eurásicos, encontraron evidencias de que el modelo de Fischer era correcto. En el ADN de un grupo de esqueletos de 5,000 años de Alemania, no descubrieron trazo de allele lactoso, aunque se había originado unos buenos 1,000 años antes. Pruebas similares hechas en esqueletos de hace 3,000 años de Ukrania mostraron un 30 por ciento de allele. En las poblaciones modernas de ambas locaciones la frecuencia es de alrededor del 90 por ciento.

"Esta es la curva que Fischer predijo", dice Hawkes. "La frecuencia (del allele lactante) que tenemos en diferentes tiempos encaja en esta curva. Esto quiere decir que la rata máxima de cambio en frecuencia de este gen estaba dentro de los 3,000 años pasados, aunque el gen se originó hace 8,000 años."

Viendo el modelo matemático que estaba usando, sacado de data diferente a la suya, fue alentador para Hawkes: muchos de los alleles que había identificado como bajo selección parecían mostrar una trayectoria similar hacia la fijación.

"Mi actitud hacia la reciente evolución humana viene directamente de la matemática", dice. "Puede decir, esto es crecimiento poblacional, y estos son los efectos que deberían tener. Y mientras yo siga observando data que sea consistente con esa idea, creo que es un modelos fuerte… Una vez que se conecte la historia con los genes, se puede construir el conocimiento desde el punto de vista de la antropología, y entonces que los bioquímicos descifren lo que cada gen hace."

La inteligencia, ¿aún en selección?
Entender el propósito de un gen dado, sin embargo, es quizás el reto principal que enfrenta la actual generación. Hawks no sabe qué función tienen los genes que ha identificado como evolutivos, pero tal información no es importante para sus objetivos. Se contenta con relacionar la historia demográfica con estudios matemáticos y con hacer hipótesis de selección natural basadas en la confluencia de esas corrientes de evidencia. Aunque un bioquímico no se atreve a decir que un gen está bajo selección sin saber lo que el gen realmente hace.

"La genética humana dio un salto grande al cambiar de milenio", dice Pardis Sabeti, un geneticista evolucionario en el Broad Institute de MIT que ha hecho una gran cantidad de trabajos sobre métodos para evaluar estudios genòmicos con HapMap, cuyo primer borrador fue publicado en 2005. Para él HapMap es una fina y de algunas maneras más poderosa visión del Human Genome Project, ya que compila sólo aquellas regiones del genoma humano -menos del 1 por ciento- que tienen el potencial de diferenciarse de persona a persona. Al comparar la información genética de diferentes poblaciones, es posible sacar patrones de la herencia de los genes, cómo ciertos genes se correlacionan con ciertas enfermedades, y hasta el posible origen geográfico de tales mutaciones.

Uno de los métodos que Sabeti ha desarrollado para identificar selección es buscar alleles raros en haplotipos largos, lo cual es útil para identificar selección en los últimos 30,000 años, más o menos. Utilizando la prueba del haplotipo largo sobre data HapMap, Sabeti pudo encontrar lo que parece ser una firma para la selección natural reciente en genes que están asociados con resistencia a "lassa", una fiebre hemorrágica que es endémica en partes de África central y occidental. Quizás ella sea más cauta que Hawkes en sus conclusiones; están en campos diferentes y tienen diferentes estándares de pruebas.

"Soy un poco cuidadosa con mis averiguaciones con lassa, porque el asunto es: ¿es la averiguación real?", dice ella. "La señal más fuerte de selección que hemos detectado en la población de África occidental es sobre el gen llamado "Large", que ha sido biológicamente conectado con lassa." Lassa es un patógeno poco comprendido y no frecuentemente estudiado, dice ella, así es que no había mucha literatura a consultar sobre genes posiblemente asociados. Sin embargo, un microbiólogo llamado Stefan Kunz ha demostrado que si Large es borrado del ADN de un ratón, lassa no puede infectarlo.

"Esto fue excitante, porque de otra manera hubiéramos visto al gen y dicho ´no sé lo que hace´, y eso hubiera sido el fin de eso. Pero ahora podemos ver un nexo. Cuando ves a la selección nunca crees tus resultados completamente porque es circunstancial. Tenemos una evidencia básica que pareciera estar evolucionando y podemos asociarla con esta enfermedad, pero no tenemos un nexo biológico real."

El registro molecular, con su babel de As, Cs, Gs y Ts, es ambiguo. Pero los cráneos fosilizados de nuestro linaje mono parecen contar una historia clara, con respecto a un rasgo, en todo caso. Los varios millones de años pasados han presentado un estable incremento en el volumen del linaje de los cerebros humanos y, presumiblemente, la sofisticación de sus contenidos. La alta inteligencia es para los grandes monos como las alas para las aves.

¿Pero dónde estamos nosotros en este proceso? ¿La inteligencia aún está siendo seleccionada? La parsimonia y el uniformitarianismo compele a responder que sí; las cosas en el presente son, por mucho, como eran en el pasado. Pero la manera en que funciona la evolución, donde las mutaciones surgen en una persona y lentamente se diseminan a través de una población, hace que tal pregunta sea difícil de encuadrar, porque si la inteligencia aún está bajo selección, eso querría decir que algunas poblaciones en este mismo momento son ligeramente más inteligentes que otras, que, quizás, hasta ciertas etnicidades son ligeramente más listas que otras. En Occidente, la especulación sobre el tema marca al especulador como eugenista o racista.

Bruce Lahn es un geneticista evolucionario y director de laboratorio de la Universidad de Chicago, pero nació y completo la temprana parte de su educación en China. Una elevada sensibilidad a las imputaciones de racismo no aflige a la mayoría de los chinos, de acuerdo a Lahn, quien, por admisión propia aún no ha internalizado los finos aspectos de lo políticamente correcto de Occidente. En trabajos del 2005, presentó evidencias de que dos genes conocidos por jugar un papel en el desarrollo del cerebro, microcephalia y ASPM, parecen estar sobrellevando una selección natural continua en tiempos históricos. En el último párrafo sobre microcephalia, observó que "las poblaciones subsaharianas (tienen) generalmente frecuencias más bajas que otros." Y después de notar que la mutación ASPM, a la cual se refiere como haplogrupo D, es más común en europeos y gente del Medio Este y menos común en africanos subsaharianos, especuló: "Aunque la edad del haplogrupo D y su distribución geográfica a través de Eurasia coincide con… el desarrollo en ciudades y lenguaje escrito de hace 5,000 a 6,000 años alrededor del Medio Este, y el significado de esta correlación aún no está claro."

Tiene sentido que ciertos alleles presentes en Europa, Asia y el resto del mundo no aparezcan en África subsahariana, y vice versa; el flujo poblacional aún no ha tenido tiempo para diseminar todos los alleles a todas partes del mundo. Sin embargo, es difícil no escuchar en las palabras de Lahn sobre genes cerebrales la fea implicación de que los africanos son inferiores. Pero la intención de Lahn no era tal, ni la de sus descubrimientos. Ni siquiera era lo que estaba investigando.

"Algunos lo interpretan como, este es el gen de la civilización, que no es claramente lo que tratamos de decir. Quizás debimos decirlo con más calificaciones, para evitar la mala concepción", dice. La creencia de que las mutaciones menores en dos genes podría provocar una diferencia profunda y esencial para una cualidad abstracta tan polimorfa como la inteligencia, Lahn la ve como surgiendo de la confusión sobre raza en America, su deseo de superar un feo pasado, y un temor de que las viejas creencias racistas puedan obtener soporte empírico. Sin embargo, Lahn y su grupo investigaron al final si la posesión de los nuevos alleles se correlacionaban con la inteligencia. No fue así.

Sin duda, la posesión de las variantes de Lahn pueden no tener nada que ver con inteligencia. "Podría impactar emotivamente, por ejemplo, la habilidad de ser paciente", dice. "Nuestra comprensión de la evolución del cerebro a nivel del fenotipo es muy rudimentaria por ahora. Estamos muy lejos de dar con la diferencia entre el humano y otras especies, no sólo entre humanos."

Los resultados de Lahn fueron criticados, pero no en terrenos ideológicos, sino técnicos. Se reclamó que la señal para selección que creyò haber encontrado no estaba ahí. Tomó en cuenta la crítica y recanalizó su data. "Sostenemos nuestras conclusiones", dijo. "Tenemos más data no publicada para apoyarlas. Creemos que lo que planteamos es real." Aún cuando Lahn pudiera probar para la satisfacción de todos que ASPM y microphalia está bajo selección, si la inteligencia es el rasgo siendo seleccionado, se estaría lejos de un asunto concluido. Más trabajo será necesario. Pero puede especularse con mucho más confianza sobre lo que llevó al dramático incremento en inteligencia atestiguado por el registro fósil: el advenimiento de la cultura humana.

"La inteligencia se construye encima de la inteligencia", dice Lahn. "(La cultura) crea un astringente régimen de selección para mejorar la inteligencia. Este es un positivo lazo de retroalimentación, creo yo." Incrementar la inteligencia incrementa la complejidad de la cultura, que presiona los niveles de inteligencia para que se eleve, lo cual crea una más compleja cultura, y así sucesivamente. La cultura no es un escape de los ambientes condicionadores. Es un ambiente de tipo diferente.

Lahn dice que podría haber "en el fondo alguna perspectiva de teoría de la información" que subraya el rápido incremento en la inteligencia humana y un evento como la explosión cambriana, la inigualada diversificación de las formas de vida que ocurrió hace alrededor de 500 millones de años. En un pestañear, casi cada plan de cuerpo moderno entró en existencia. "Puede llevarse mucho tiempo evolucionar ciertos componentes del plan del cuerpo, pero una vez que se tienen, toques menores que requieren no muchos cambios y muy poco tiempo evolucionario podrían dar una gran diversidad en planes de cuerpos y especies", dice Lahn. "El cerebro puede ser similar, porque se lleva mucho tiempo para llegar a cierto nivel de inteligencia, pero una vez que se llega, hace posible una explosión  cultural."

Ambos eventos crecieron a un umbral que, una vez cruzado, pronto quedó muy atrás. El siglo 20, en el que nos tomó uno meros 60 años para convertir la carreta tirada por caballos en un vehículo que nos llevó a la luna, y el obús en un arma nuclear de 50 megatones, fue otro umbral. Las fuerzas que creamos están en una escala diferente a aquellas de la naturaleza, que trabaja lentamente. Pareciera posible que a medida que nuestra tecnología crece más sutilmente, la manipulación genética, la fabricación de genes y hasta clonar, podrían finalmente dejarnos libres de la selección natural, pero tal posición de comando puede ser mantenida sólo con la sobrevivencia de la sociedad tecnológica, y eso aún no es una conclusión predeterminada.

La desolación de esa visión ejerce un fuerte agarre en Paul Ehrlich, profesor de estudios de población en Stanford, que encuentra en el siglo 20 una mina de casi fallas con extinción. Fuimos salvados a menudo tanto por astucia como por tonta suerte: con la intención de evitar que las familias durmientes explotaran refrigeradores enfriados por amoníaco, los clorofluorocarbonos casi frieron al planeta entero. Más a menudo, algunas soluciones crean un nuevo problema.

"El destino de nuestra civilización, y quizás de nuestra especie", dice Ehrlich, "puede ser determinado por las próximas cinco generaciones. Así es que me importa mierda lo que está pasado con nuestra evolución genética." El clima global está cambiando demasiado violentamente para que el ADN responda jugueteando alrededor de regulación del calor y espesor de pelo; los bosques en todos lados están siendo cortados demasiado rápidamente para que sus habitantes se ajusten, y así las cadenas de comida se están deshaciendo; el colapso de la pesquería global ha sido identificado como una calamidad de magnitudes muchos más grandes de lo que la naturaleza puede absorber. Si cualquiera de estos escenarios de pesadilla llegara a pasar, teme Ehrlich, la evolución no podrá ayudarnos. Puede estar operando más rápida de lo que pensamos, pero no es tan rápida. Los problemas como el smog y la lluvia ácida parecieran nimios, y hasta deseables.

Las especies son transitorias. No hay duda de que vendrá el día cuando los humanos no estarán más en la Tierra. Pero la transitoriedad a la que estamos sujetos tiene dos caras. La primera es extinción. A diferencia de nuestros antepasados, estamos conscientes de cuán tenue es nuestra percha arriba de la cadena alimentaria. Queda por ver si ese conocimiento ha sido adquirido demasiado tarde para su uso.

La segunda cara de la eventual salida del homo sapiens de la historia es la `posibilidad más esperanzadora de que aún podamos evolucionar hasta nuestros propios sucesores. A diferencia de nuestros antepasados, estamos conscientes de la evolución, que cambia nuestra relación con ella, aunque sea por sólo un poco, porque aún somos criaturas naturales. Continuamos evolucionando, en la cara del hambre, de la enfermedad y un ecosistema cambiante; pero nuestro habitat virtual de cultura podría habilitarnos para ser tanto sujetos de la evolución como conscientes directores de ella. "Está ocurriendo", dice Ehrlich. "No hay duda de ello. Lo que asusta son las cuestiones que tenemos que preguntar."

La ciencia debe evolucionar nuevas herramientas, para elevarnos hasta tal ventaja dominante, así como para prevenir una extinción auto-infligida. La tecnología podría algún día habilitarnos para controlar aspectos de la evolución, o podría probar ser el régimen de selección final, desechándonos a todos nosotros. Quizás nos encontramos ya deseando haber carecido de la inteligencia para hacernos monos con obús. De cualquier manera, la cultura que hemos creado es, extrañamente, la más poderosa herramienta de la evolución y su potencial némesis, la ubre de la naturaleza humana y quizás su tumba. Por nuestra propia mano: así es que evolucionamos.